sábado, 27 de agosto de 2011

Ciencia para combatir la drogadicción



Ciencia para combatir la drogadicción
Marilyn Huestis, investigadora estadounidense, trabaja en busca de un remedio para el abuso de sustancias legales e ilegales. Estuvo en Córdoba y suscribió un proyecto con Ciencias Químicas de la UCC para estudiar el impacto de drogas y plaguicidas en mujeres gestantes y sus hijos.




Marilyn Huestis es una señora de edad mediana, muy rubia, norteamericana, doctora en química, docente e investigadora de toxicología y adicciones en la Universidad de Maryland, EE.UU. Vino a Córdoba invitada por la Cátedra de Bioquímica Legal de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Católica. En el campus de la institución, Huestis brindó una clase magistral sobre Farmacodinámica y Farmacocinética de los cannabinoides. Su visita plasmó la posibilidad de un proyecto conjunto con la UCC, para investigar sobre metabolitos de drogas ilícitas y plaguicidas en el meconio de recién nacidos de madres adictas.
Huestis ha recorrido tramos muy significativos de la lucha contra las adicciones. Es consciente de que la sociedad espera de la ciencia los resultados que no se obtienen desde lo jurídico y social. Cada descubrimiento insume años de trabajo. Primero se investiga in vitro o en animales y finalmente en humanos, hasta obtener un medicamento y patentarlo. Pero no siempre es autorizado por el organismo sanitario. Le ocurrió a la propia Huestis con el rimonabant, un antagonista del receptor cannabinoide-1 que inhibe efectos de la marihuana y también serviría para tratar la obesidad y el alcoholismo. Aunque Huestis y sus pares insisten en la efectividad de este fármaco, la FDA (siglas de Food & Drugs Administration, el ente supranacional de contralor) no autoriza su venta en EE.UU. por sus “efectos secundarios”.
En su entrevista con La Voz del Interior, Marilyn Huestis abordó distintos aspectos de la batalla contra la dependencia neuroquímica.
–¿Qué experiencia aportó California (EE.UU.), donde el cannabis se receta a enfermos crónicos y terminales?
–En la actualidad hay drogas extraídas del cannabis que funcionan mejor que el porro de marihuana. Está el dronabinol (compuesto genérico de las píldoras Marinol), que se usa para contrarrestar náuseas, pérdida de peso y otras secuelas de quimioterapias o tratamientos del sida. También se comercializa el Sativex, para determinados pacientes con esclerosis múltiple, espasticidad o migrañas.
–Sin embargo, los sucedáneos farmacológicos suelen tener contraindicaciones …
–Por supuesto. Siempre hay que tener en cuenta el riesgo del abuso potencial de una droga, aunque sea para fines paliativos. Además, tengamos en cuenta que las pastillas o el vaporizador son preferibles, porque no producen euforia. Al fumar o inhalar, el efecto de una sustancia va directamente al cerebro. Por vía oral va primero al estómago y al hígado.
–La marihuana legal en dicho Estado, ¿trajo consecuencias negativas?
–Al permitir la marihuana con fines terapéuticos, se logró que los consumidores habituales consigan una receta, y punto. Es todo un problema, pero no difiere demasiado del que se plantea con los tranquilizantes y las llamadas “drogas legales”. Por otra parte, el cultivo y la venta de cannabis han impactado en la economía y la vida californianas, pero ese no es mi campo y no puedo abrir opinión. Sí puedo opinar sobre la legalización del consumo: no estoy de acuerdo, basándome en evidencia científica.
–El flagelo de la droga, ¿se solucionará recién cuando logremos no depender?
–De alguna manera, es así. No combatimos al adicto, sino que lo tratamos. Entiendo que la sociedad confíe más en la ciencia que en la ley o el orden, para solucionar este gravísimo problema. Es comprensible. Se instrumentan políticas, aumentan los organismos y presupuestos para seguridad, pero el narcotráfico crece, mata, se apodera de los gobiernos. Existen varias líneas de investigación médica, dentro de la neurobiología, la química, la psiquiatría… Pero no es simple, porque drogadicción no es una sola, ni cada adicto es igual al resto. El cerebro usa distintos receptores para la cocaína, la marihuana, la heroína o el tabaco.
–¿La adicción tiene cura?
–Podríamos decir que es incurable. Pero es tratable, como cualquier enfermedad. En el caso de los opiáceos, ya hay buenos medicamentos para la abstinencia, aunque no son absolutamente inocuos, como hemos dicho. Todavía no se han encontrado para la cocaína y la marihuana. Es un camino largo, pero alentador.
–¿Hay sustancias más adictivas que otras? ¿Y gente más propensa?
–El opio, el tabaco y la marihuana son las sustancias más adictivas. El concepto de que ciertos individuos tienen mayor predisposición genética u orgánica, ha sido descartado. Es real que, si hay cien personas en una habitación, 10 desarrollarán una adicción. Pero es una simple estadística, aplicable a cualquier patología. No significa que matemáticamente hay 10 adictos por cada cien personas, dada la diversidad de respuestas a un estímulo semejante.
–¿Cuáles son sus investigaciones y sus conclusiones?
–He trabajado mucho con gestantes adictas, y con familias de adictos con hijos. Hemos confirmado que consumir marihuana antes de los 15 años es altamente nocivo para el desarrollo. El daño cerebral puede ser irreversible. Sabemos que la permisividad social es tan nociva como la sustancia misma. Uno de cada dos hijos de adictos tiene dificultades de aprendizaje. No podemos asegurar que sean chicos “marcados” por los genes o el entorno, pero sí que ambos factores inciden mucho. También investigo el efecto de los pesticidas, sobre todo en gestantes. Están permitidos y son nefastos, pero no adictivos.
–¿Se puede bloquear el mecanismo de la adicción? Usted tuvo un revés científico, cuando FDA no permitió la comercialización de rimonabant y scophia.
–Así es, aunque yo sigo insistiendo que son fármacos muy efectivos. Pero ya dijimos que toda droga tiene efectos colaterales. Creo que los organismos de control hoy están muy prevenidos por lo que ocurrió con la metadona, en relación a la morfina y la heroína. El que parecía ser el gran remedio para la abstinencia, terminó creando tanta dependencia como un opiáceo.
–¿Todas las sustancias operan igual en el cerebro?
–No actúan de la misma forma, pero tienen un resorte común: son usurpadoras del circuito neural del placer y recompensa. Las vías dopaminérgicas son fundamentales en nuestra existencia. A través de ellas se canalizan los estímulos del sexo, el apetito, la interacción social. La libido, el hambre, el instinto gregario, son indispensables para vivir. Nos hacen felices. Pero cuando un individuo ingiere drogas para relacionarse, tener sexo o suprimir el hambre, se intoxica con una cantidad enorme de moléculas que producen experiencias hedónicas artificiales. No puede prescindir de ellas y se transforma en el adicto que hace cualquier cosa por la droga. En esa fase ocurren las desgracias. Hay que intervenir antes de que llegue a esa instancia.







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